


¿Nos acompaña, don Juanito?
Luko Hilje
¡Qué fecundo e inmarcesible ejemplo el de nuestro tres veces presidente e innegable héroe don Juanito Mora! Sí, ejemplo de esos
que no se arrugan ni oxidan y, por el contrario, cada día se acrecienta más en el alma de la patria, de este amado terruño que él
supo defender a tiempo y de manera visionaria y gallarda -al igual que a las demás patrias centroamericanas- de la muy grave
amenaza filibustera, que pretendía anexarnos por la fuerza a los EE.UU.
Cuando él decidió enfrentar con las armas esta agresión, los oligarcas cafetaleros cerraron filas contra él y, muy molestos, se
opusieron al empréstito -préstamo obligatorio, pero con intereses inferiores a los de usura que ellos solían cobrar- necesario para
afrontar los gastos de la guerra. Asimismo, líder en los mismos campos de batalla no tuvo paz ni tranquilidad, pues los muy
cobardes que se quedaron en la capital anhelaban darle un golpe de estado apenas se pudiera.
Aún más, la debacle propiamente militar en Rivas -a pesar del triunfo sobre Walker-, con 500 muertos y 300 heridos en apenas un
día de combate, a lo cual se sumó la devastadora epidemia de cólera y el regreso de nuestras tropas al Valle Central, no indujo
sentimientos de solidaridad y compasión en los oligarcas, quienes más bien trataron de provocar su caída, de varias maneras. Eso
está documentado de manera profusa, y no es del caso relatarlo aquí. Pero no pudieron y, más bien, él sería reelecto por tercera vez
consecutiva.
¿Que incurrió en serios errores y desaciertos, incluso serios? ¡Por supuesto! Y, ¿cuál gobernante no? Disculpen, lectores. Hay uno
solo que no, y ahorita gobierna Costa Rica, de quien su hija dijo por la prensa que había sido el mejor presidente en la historia de
nuestro país. Me adelanto a sugerirle a él que, para cuando escriba sus posiblemente muy voluminosas memorias, pida prestado el
sugestivo título de Yo, el supremo, del novelista paraguayo Augusto Roa Bastos.
Don Juanito pecó de nepotismo y abusos de autoridad, favoreció de varias maneras a sus socios económicos (y, ¿en cuál gobierno
no se ha visto esto?, lo cual no es justificable, pero ocurre de manera cotidiana en todos los gobiernos del mundo), de manera torpe
trató de incautar terrenos a un amplio grupo de pequeños y medianos agricultores de San José (entre quienes, por cierto, estaba mi
tatarabuelo Ramón Rojas, agricultor de Moravia), y algunas cosas más.
Todo eso ocurrió, y no creo que nadie lo haya tratado de ocultar, pues la objetividad debe ser consustancial a la ciencia y a la
historia. Varios especialistas lo han relatado en detalle, en obras como Dr. José María Montealegre, de con Carlos Meléndez y Elite,
negocios y política en Costa Rica 1849-1859, de Carmen María Fallas Santana. Y yo, aún sin serlo, lo hago en dos artículos de mi
libro De cuando la patria ardió, que la UNED publicará pronto. Pero esa no es razón para denigrar a don Juanito como, al parecer,
se ha puesto de moda en estas fechas. Y, me pregunto, ¿será casualidad?
Irónicamente, cuando debiéramos estar celebrando de manera realmente apoteósica el sesquicentenario de la rendición de William
Walker, el actual gobierno ha sido omiso. Peor aún, los discursos en las celebraciones han sido lamentables, por decir lo menos.
Como el del ministro de Educación Leonardo Garnier (aunque amigo muy apreciado) el 20 de marzo en Santa Rosa, equiparando la
combatividad de nuestras valientes tropas con la urgencia de competitividad “telecista” en los mercados internacionales. ¡Ay,
Leonardo, aún recuerdo aquel símbolo de tu grupo Faena, en los tiempos universitarios, que lideraba vociferante, altoparlante en
mano, el hoy tan modoso Eduardo Doryan! ¿Te acordás? Era el mismito Juan Santamaría con la tea incendiaria y redentora. No me
digás que hoy la cambiarías por Juan Pérez sosteniendo un “chip” de computadora en su desafiante mano. ¡Esa sí que es una sub-
versión de la historia!
Pero, bueno… regresando a don Juanito (aunque al erizo Juan ya lo habían querido descalificar, también), no sé si por casualidad
también, lo siguen atacando de manera realmente chocante.
Hace apenas un mes, el señor Alejandro Jenkins, decía en La Nación, que “Don Juanito Mora […] fue autoritario y corrupto”. Y, tras
abundar en lindezas contra él, remataba su artículo diciendo que “Mora falleció al año siguiente de la misma forma que Walker:
fusilado tras intentar retomar el poder por las armas”. Ese no es un mero dato, si uno lee con cuidado el párrafo inmediatamente
previo. Tan lapidaria frase es una grotesca equiparación del final de don Juanito con el de Walker, que lamento mucho pensar que
salga de la pluma de un costarricense. Equivocado o no en su actuación final al invadir Puntarenas, don Juanito trató de retomar el
poder que le había sido conculcado por los militares Máximo Blanco y Lorenzo Salazar, peones de los oligarcas. Es decir, era el
presidente constitucional de Costa Rica. Y Walker, por muy inteligente y preparado académicamente que fuera, era un aventurero y
mercenario, al servicio de los esclavistas del sur de los EE.UU., quien causó una grave herida a nuestra patria.
Debo confesar que, al leer esa afirmación, sentí deseos de responder, pero después pensé que no valía la pena, pues todo el
artículo del señor Jenkins es casi un indulto a Walker. Pero hoy sí decidí escribir -estimulado por una llamada del querido amigo y
respetado pediatra Dr. Arturo Robles Arias, por cuyas venas corre la misma sangre del muy célebre Alexander von Bülow, estratega
militar en Rivas y muerto del cólera-, a raíz de una noticia de La Nación sobre el acto de la campaña contra el TLC, celebrado ayer
sábado en el auditorio de la Conferencia Episcopal.
Fue un acto sumamente hermoso, vibrante, alegre y concurrido, una genuina fiesta de raíz patriótica -como lo fuera la gigantesca
marcha del 26 de febrero-, en la que convergieron numerosas organizaciones de diverso tipo, miembros de varios partidos políticos,
etc., y en la que, ¡cómo no!, se revivió el ejemplo del sabio conductor don Juanito en la Guerra Patria contra los filibusteros. Aunque
la redactora de La Nación fue fidedigna al resaltar esto, culminó su nota periodística mermando la imagen de don Juanito, sin
necesidad alguna, pues todos en Costa Rica sabemos cuál fue su obra mayor. ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Pura casualidad?
¡Es que hay ejemplos que estorban! Y son los de los auténticos patriotas, convertidos ya en inmortales. A los que atacará la prensa
cuando no coincidan con los intereses comerciales de sus dueños, pero a los que seguirán cantando el pueblo y sus poetas. Como
aquel muchacho de Turrialba -que este año cumple 40 años de muerto, pero que sigue tan vivo en sus palabras-, quien invocara al
héroe diciendo:
Aquí, Juanito, aquí, en esta piedra hunde tu hueso, en estas casas clava tu hueso, el hueso tuyo, terriblemente libre desde el alma, tu
patriótico hueso, tu agudísima y profunda manera de comprender la patria.
Aquí, Juanito, aquí hunde tu hueso, ahora que los odios amortajan, con su baba humillante, el dulce suelo que tú abonaste con tu
costilla blanca.
Dame tu hueso, tu buen hueso, tu hueso mártir, blanquísimo y honrado. Tu hueso mártir para abrir mentiras, tu blanco hueso para
arar el campo, tu honrado hueso para abrir canteras en la roca del dólar, tu buen hueso para echar a cantar los campanarios.
¡Sí, que canten los campanarios! Y, los campos y las ciudades, y el alma entera de esta tierra libérrima, abonada con la sangre de
nuestros héroes de 1856-1857, quienes nos acompañan hoy en esta nueva jornada por la defensa de la soberanía nacional.
¿Verdad, don Juanito?