La profecía de la violencia
Dr. Francisco Escobar
El 2 de agosto, el obispo San Casimiro, hablando en nombre de la Conferencia Episcopal y de la Iglesia Católica costarricense, dijo:
“En este momento en Costa Rica, la polarización es evidente. Las únicas dos opciones de elección, sí o no, pueden entronizarse como
símbolos de una nación dividida”. El mismo día, el presidente de la República, Óscar Arias, manifestó: “En esto quiero ser muy claro y
enfático, el Gobierno se compromete a respetar el resultado del referéndum (cualquier resultado) sin ambages ni condiciones”.
Es asombroso que un pastor espiritual que conoce a sus ovejas no haya previsto cuando los obispos aplaudieron la idea del
referéndum que se daría un enfrentamiento político y social en Costa Rica. Pero, aún más inquietante es que el Presidente se sienta
obligado a ser enfático y claro en algo que siempre debió estar claro que el Gobierno respetará el resultado de las votaciones. ¿Es
que alguna vez los costarricenses hemos dudado de que si se rechaza el TLC en las urnas el Gobierno encontrará algún legalismo
para desconocer los resultados, como lo ha hecho hasta ahora?
El segundo vicepresidente de la República, Kevin Casas, y el diputado liberacionista Fernando Sánchez denunciaron haber sido
víctimas de agresión por parte de un grupo de opositores al Tratado de Libre Comercio, tras un debate en el que participó el rector del
Tecnológico. Según ambos señores, al terminar la actividad varios jóvenes manifestantes a favor del No se les abalanzaron y los
agredieron verbalmente. Afirmaron que la situación “casi” se transforma en agresión física, situación que se evitó gracias a la
intervención de un grupo de vecinos de San Isidro de Heredia, donde se efectuó el debate. “Si no es por un grupo de gente de la
comunidad que me rodea y me empieza a sacar hacia la puerta del gimnasio, me hubieran agredido”, dijo Casas, y afirmó que esto
“denota un deterioro en la capacidad de debate en el país, y que alguna gente está llegando a niveles sin precedentes de intolerancia y
que están dispuestos a que el debate sobre el TLC, en esta coyuntura del referéndum, suceda en un ambiente de intimidación que
francamente nunca se había visto en este país. Hay alguna gente en el campo del No que está dispuesta a incendiar este país con tal
de que el TLC no se apruebe, y eso es gravísimo.”
¿Por qué se ha dado esta escalada de violencia política en el país? ¿Por qué no cabe el menor debate, discusión ni análisis del TLC?
Los negociadores que planificaron el proceso de firma del Tratado asumieron que se aprobaría por la vía rápida y segura de la
Asamblea Legislativa, contando simplemente con una mayoría de los votos de los diputados. No fue así. El ex presidente Pacheco
firmó el texto negociado y cerró toda posibilidad de cambio, modificación o enmienda al proyecto de ley. El presidente Arias lo hizo
muy claro al decir que era más fácil cambiar los diez mandamientos que el TLC. No había nada que discutir en la Asamblea entre
diputados que ni siquiera habían leído el Tratado y que solo buscaban imponerlo por simple mayoría. Ante la imposibilidad de debatir
para cambiar el texto, la sociedad entró en efervescencia.
Una Costa Rica que ve morir a tres personas por día víctimas de la violencia en las carreteras, en los domicilios, en los negocios y en
todos los rincones del país, se ha armado para entrar en combate. Éramos una nación de hermanos, ahora estamos marcando los
campos de batalla y definiendo a los enemigos. Es peligroso que el Vicepresidente y un diputado digan que “casi” los agraden
físicamente. Hasta ahora en el campo político las agresiones son verbales, pero si se hace con tanta fuerza la profecía social de que se
pasará de la agresión verbal a la física, así ocurrirá.
El referéndum no es más que la caldera donde están hirviendo los sentimientos de frustración y de cólera de sectores explosivos de la
sociedad. Ahora estamos embarcados en una escalada de enardecimientos y agresiones hasta el 7 de octubre. Nada puede
detenerla. Un país frustrado y descreído se ve acosado por una oligarquía y una tecnocracia que lo han obligado a vivir la terrible
paradoja de decidir el destino de la patria con dos simples monosílabos: sí o no.
Los romeros a la Virgen de los Ángeles tenían razón cuando, además de peregrinar para pedir algún milagro personal, pedían por el
milagro nacional de restablecer la paz y la tranquilidad
destruida por las más oscuras ambiciones. No nos queda sino el grito de Jesús en el patíbulo hacia quienes lo crucificaron:
“Perdónalos, Padre, porque no saben lo que hacen”.


