EL REFERENDUM: ¿CANSADOS DE BESAR SAPOS?

(por Alfonso Chase)

La figura de acceder al referéndum, en asuntos trascendentales para el país, es una conquista institucional de relevancia en la historia
contemporánea. Un referéndum busca obtener, explicitar y refrendar la voluntad mayoritaria de los ciudadanos votantes sobre asuntos
de singular importancia, que afectan el presente y el futuro de la comunidad, y que también tienen que ver con el pasado, sobre todo
en el sentido institucional que le dimos a la patria del presente.

Nada ni nadie es inamovible mientras no se demuestre que existe la voluntad mayoritaria de hacerlo y el país, esa es la historia
actual, se encuentra dividido en dos, con alternancias de opinión, que demuestran que no hay una consciencia mayoritaria real en
aprobar el Acuerdo de Libre Comercio, tal como existe en los cinco tomos que conocemos, más otros detalles que parecieran estar
ocultos en gavetas o archivos, guardados por aquello del mal sigilio institucional.

El Acuerdo de Libre Comercio que busca ser aprobado es más que un tratado comercial, de naturaleza finita o perpetua. Debe
ubicarse en el ámbito de la geopolítica, tan frecuentemente soslayada en esos asuntos y que tiene que ver, por si no lo saben, con el
Plan Puebla Colombia, ahora extendido, el fortalecimiento de los ejércitos centroamericanos, que siguen tutelando las débiles
democracias que los acogen, las reservas ecológicas de nuestro istmo y los detalles del flujo de capitales hacia estas tierras, ya sin
restricciones, para extender su virtualidad global como pulpos, junto con el papel de los intermediarios neoimportadores, que son los
que se harán más ricos en quince años, inundando de chucherías nuestro país, o estableciendo alternativas de consumismo que van
desde lo mediático, refinados medios de intercomunicación, o la ruina de nuestros productores agrícolas, mientras no haya una
verdadera agenda de desarrollo para ellos y no una legislación complementaria que nadie cumple, dado el estado de nuestra
educación, agricultura o salud, para nombrar unos pocos asuntos. Es un problema de estrategia global y no un simple acuerdo
comercial de arriba para abajo, con la participación de las democracias bananeras, y otros interlocutores novísimos, como son las
grandes transnacionales que dominan en el mundo, con sus representantes criollos, ya convertidos en testaferros de los grandes
nombres comerciales, mediante el uso de franquicias, de solo marca, pero con calidad inferior, como podemos verlo cada día en lo
que se muestra en las vitrinas.

Un referéndum tiene validez moral cuando la ciudadanía participa en su acción, como instituto para manifestar opiniones, siendo la
recolección de firmas un acto cívico de tal magnitud que eso constituye realmente su importancia primera. El ciudadano impone,
mediante su acción como persona, la necesidad de ser convocado para que el Gobierno determine qué realmente piensan o desean
las personas. Un referéndum desde arriba también es válido, pero algo le falta en su deseo de convocatoria y puede solo ser un acto
de tioconejismo, de quienes así lo desean, o una posición arrogante que puede terminar siendo cuchillo para su propio pescuezo, si
las mayorías lo determinan como sujeto político para manifestar su repudio, a un asunto que nos interesa a todos, o a una mayoría
calificada de votantes.

Es lógico, y evidente, que la convocatoria a un referéndum tiene visos de jugada política, sobre todo si se trata de una opción
gubernamental explícita, primero en no convocarlo, y luego en hacerlo por otros medios más reducidos, porque todo el asunto se
retrae al ámbito de las alianzas legislativas, para conseguir los 38 votos, en esta unión de la mayoría con los partidos zancudos,
retratados en familia para la posteridad, en un click siniestro, pero estéticamente aceptable.

La Ley de Referéndum, como la Ley Electoral que nos rige, están hechas a la medida de los deseos de los antiguos partidos
bicéfalos, para obtener siempre así mayorías exquisitas, previo cabildeo con los partidos turecas, que se benefician de las migajas
de una negociación errónea, que acaba desprestigiándolos. Con la aparición de un partido de oposición relativamente fuerte, como
lo es el PAC y los resultados de las últimas elecciones, todo vino a retraerse, por el miedo cerval que le manifiestan, aunque no se
pueden celebrar los resultados electorales, del 2006, como si fuera un bloque compacto de votación sobre la persona de su
candidato sino, más bien, el asunto del acuerdo del TLC, sujeto a debate electoral.

Quizás la idea del Gobierno sea legitimar su condición de gane por 18 mil votos, en unas elecciones cerradas, y en donde solo
obtuvo el resto del 25% de los electores inscritos, asunto que se le puede adjuntar al igual al PAC, en cuanto a que la votación masiva
para él fuera, más bien, una manifestación de repudio al Acuerdo de Libre Comercio, en los labios de su candidato.

Toda campaña política es un asunto mediático, porque los dineros que se gastan en ella pasan a las cuentas de los medios de
comunicación y esta es una verdad como un templo. ¿Quién pagaría la campaña propagandística a favor del TLC? Los productores,
los intermediarios, los exportadores mayúsculos, los grandes corporativos que lo han tomado como un asunto de vida o muerte?
¿Será otra campaña electoral, abierta, bajo la máscara de un acuerdo comercial? El panorama luce complicado. Mi idea es que la
aprobación, o improbación, del acuerdo está en el seno del Poder Legislativo y allí debe permanecer o ser retirado por el Gobierno,
que lo han mantenido como un pulso, obsesivo, antes de ejercer al sentido de la negociación real con los sectores que lo adversa,
para así analizar y cambiar las más de cien razones que lo hacen imposible de aceptar por un sector importante de la ciudadanía,
que lo ha manifestado en diversos lugares y en sectores específicos.

Hay un frente nuevo, distinto, heterogéneo, que es el Partido Anti TLC y abarca ciudadanos de todos los sectores políticos, cívicos y
religiosos. No comprender esto es no tener claro que ya todos estamos cansados de seguir besando sapos, sin que apareciera el
príncipe, o la princesa, del sueño nacional. Es decir: el pueblo como protagonista real de los hechos sociales y políticos de nuestro
país.